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En favor del
verdadero matrimonio |
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1. El pasado 29 de junio, el Congreso
de los Diputados votó favorablemente una proposición no de Ley del Partido
Socialista que solicita la equiparación legal plena de las uniones de
personas del mismo sexo con el verdadero matrimonio. El Gobierno, por medio
del Ministro de Justicia, se apresuró a anunciar que en septiembre remitirá a
la Cámara un proyecto de Ley en este mismo sentido y que confía en que el
llamado matrimonio homosexual sea posible legalmente ya para comienzos del
año próximo. También se votaron varias proposiciones de Ley que legitimarían
las uniones homosexuales de diversos modos. 2. Las personas homosexuales, como
todos, están dotadas de la dignidad inalienable que corresponde a cada ser
humano. No es en modo alguno aceptable que se las menosprecie, maltrate o
discrimine. Es evidente que, en cuanto personas, tienen en la sociedad los
mismos derechos que cualquier ciudadano y, en cuanto cristianos, están
llamados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Condenamos una
vez más las expresiones o los comportamientos que lesionan la dignidad de
estas personas y sus derechos; y llamamos de nuevo a los católicos a
respetarlas y a acogerlas como corresponde a una caridad verdadera y
coherente. 3. Con todo, ante la inusitada
innovación legal anunciada, tenemos el deber de recordar también algo tan
obvio y natural como que el matrimonio no puede ser contraído más que por
personas de diverso sexo: una mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo
no les asiste ningún derecho a contraer matrimonio entre ellas. El Estado,
por su parte, no puede reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando
de un modo arbitrario que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy
seriamente, el bien común. Las razones que avalan estas proposiciones son de
orden antropológico, social y jurídico. Las repasamos sucintamente, siguiendo
de cerca las recientes orientaciones del Papa a este respecto[1]. 4. a) Los significados unitivo y procreativo
de la sexualidad humana se fundamentan en la realidad antropológica
de la diferencia sexual y de la vocación al amor que nace de ella, abierta a
la fecundidad. Este conjunto de significados personales hace de la unión
corporal del varón y de la mujer en el matrimonio la expresión de un amor por
el que se entregan mutuamente de tal modo, que esa donación recíproca llega a
constituir una auténtica comunión de personas, la cual, al tiempo que
plenifica sus existencias, es el lugar digno para la acogida de nuevas vidas
personales. En cambio, las relaciones homosexuales, al no expresar el valor
antropológico de la diferencia sexual, no realizan la complementariedad de
los sexos, ni pueden engendrar nuevos hijos. A veces se arguye en
contra de estas afirmaciones que la sexualidad puede ir hoy separada de la
procreación y que, de hecho, así sucede gracias a las técnicas que, por una
parte, permiten el control de la fecundidad y, por otra, hacen posible la
fecundación en los laboratorios. Sin embargo, será necesario reconocer que
estas posibilidades técnicas no pueden ser consideradas como sustitutivo
válido de las relaciones personales íntegras que constituyen la rica realidad
antropológica del verdadero matrimonio. La tecnificación deshumanizadora de
la vida no es un factor de verdadero progreso en la configuración de las
relaciones conyugales, de filiación y de fraternidad. El bien superior de los
niños exige, por supuesto, que no sean encargados a los laboratorios, pero
tampoco adoptados por uniones de personas del mismo sexo. No podrán encontrar
en estas uniones la riqueza antropológica del verdadero matrimonio, el único
ámbito donde, como Juan Pablo II ha recordado recientemente al Embajador de
España ante la Santa Sede, las palabras padre y madre pueden “decirse con
gozo y sin engaño”. No hay razones antropológicas ni éticas que permitan
hacer experimentos con algo tan fundamental como es el derecho de los niños a
conocer a su padre y a su madre y a vivir con ellos, o, en su caso, a contar
al menos con un padre y una madre adoptivos, capaces de representar la
polaridad sexual conyugal. La figura del padre y de la madre es fundamental
para la neta identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto
fehacientemente en cuestión estas evidencias. b) La relevancia del único verdadero
matrimonio para la vida de los pueblos es tal, que difícilmente se pueden
encontrar razones sociales más poderosas que las que obligan al Estado
a su reconocimiento, tutela y promoción. Se trata, en efecto, de una
institución más primordial que el Estado mismo, inscrita en la naturaleza de
la persona como ser social. La historia universal lo confirma: ninguna
sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento jurídico de
la institución matrimonial. El matrimonio, en cuanto
expresión institucional del amor de los cónyuges, que se realizan a sí mismos
como personas y que engendran y educan a sus hijos, es la base insustituible
del crecimiento y de la estabilidad de la sociedad. No puede haber verdadera
justicia y solidaridad si las familias, basadas en el matrimonio, se
debilitan como hogar de ciudadanos de humanidad bien formada. Si el Estado procede a
dar curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la
institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es
devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De
igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos
matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la
institución matrimonial y, con ella, del justo orden social. Se dice que el Estado
tendría la obligación de eliminar la secular discriminación que los
homosexuales han padecido por no poder acceder al matrimonio. Es, ciertamente,
necesario proteger a los ciudadanos contra toda discriminación injusta. Pero
es igualmente necesario proteger a la sociedad de las pretensiones injustas
de los grupos o de los individuos. No es justo que dos personas del mismo
sexo pretendan casarse. Que las leyes lo impidan no supone discriminación
alguna. En cambio, sí sería injusto y discriminatorio que el verdadero
matrimonio fuera tratado igual que una unión de personas del mismo sexo, que
ni tiene ni puede tener el mismo significado social. Conviene notar que,
entre otras cosas, la discriminación del matrimonio en nada ayudará a superar
la honda crisis demográfica que padecemos. c) Se alegan también razones de
tipo jurídico para la creación de la ficción legal del matrimonio entre
personas del mismo sexo. Se dice que ésta sería la única forma de evitar que
no pudieran disfrutar de ciertos derechos que les corresponden en cuanto
ciudadanos. En realidad, lo justo es que acudan al derecho común para obtener
la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. En cambio, se debe pensar
en los efectos de una legislación que abre la puerta a la idea de que el
matrimonio entre un varón y una mujer sería sólo uno de los matrimonios
posibles, en igualdad de derechos con otros tipos de matrimonio. La
influencia pedagógica sobre las mentes de las personas y las limitaciones,
incluso jurídicas, de sus libertades que podrán suscitarse serán sin duda muy
negativas. ¿Será posible seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y
educando a los hijos de acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean
conculcado su derecho a hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la
razón? ¿No se acabará tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la
ley una visión de las cosas contraria a la verdad del matrimonio? 5. Pensamos, pues, que el
reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales y, más aún, su
equiparación con el matrimonio, constituiría un error y una injusticia de muy
negativas consecuencias para el bien común y el futuro de la sociedad. Naturalmente,
sólo la autoridad legítima tiene la potestad de establecer las normas para la
regulación de la vida social. Pero también es evidente que todos podemos y
debemos colaborar con la exposición de las ideas y con el ejercicio de
actuaciones razonables a que tales normas respondan a los principios de la
justicia y contribuyan realmente a la consecución del bien común. Invitamos,
pues, a todos, en especial a los católicos, a hacer todo lo que legítimamente
se encuentre en sus manos en nuestro sistema democrático para que las leyes
de nuestro País resulten favorables al único verdadero matrimonio. En
particular, ante la situación en la que nos encontramos, “el parlamentario
católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo
y votar contra el proyecto de ley”[2] que
pretenda legalizar las uniones homosexuales. 6. La institución matrimonial, con
toda la belleza propia del verdadero amor humano, fuerte y fértil, también en
medio de sus fragilidades, es muy estimada por todos los pueblos. Es una
realidad humana que responde al plan creador de Dios y que, para los
bautizados, es sacramento de la gracia de Cristo, el esposo fiel que ha dado
su vida por la Iglesia, haciendo de ella una madre feliz y fecunda de muchos
hijos. Precisamente por eso, la Iglesia reconoce el valor sagrado de todo
matrimonio verdadero, también del que contraen quienes no profesan nuestra
fe. Junto con muchas personas de ideologías y de culturas muy diversas,
estamos empeñados en fortalecer la institución matrimonial, ante todo,
ofreciendo a los jóvenes ejemplos que seguir e impulsos que secundar. En este
proyecto de una civilización del amor las personas homosexuales serán
respetadas y acogidas con amor. Invocamos para todos la bendición de Dios y
la ayuda de Santa María y de San José.
[1] Congregación
para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de
reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales (3 de
junio de 2003), Ecclesia 3165/66, 9 y 16 de agosto de 2003, 1236-1239. [2] Congregación
para la Doctrina de la Fe, lugar citado, 10. |
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Ante la aprobación del
anteproyecto de Ley que |
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Madrid, 1 de octubre de 2004 |
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El Consejo de Ministros ha aprobado hoy un
anteproyecto de Ley que pretende equiparar al matrimonio la unión de personas
del mismo sexo. Se trata de una propuesta errónea e injusta. Porque “el
matrimonio, engendrando y educando a sus hijos, contribuye de manera
insustituible al crecimiento y estabilidad de la sociedad. Por eso le es
debido el reconocimiento y el apoyo legal del Estado. En cambio, a la
convivencia de homosexuales, que no puede tener nunca esas características,
no se le puede reconocer una dimensión social semejante a la del matrimonio y
a la de familia” (Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Matrimonio, familia y “uniones homosexuales”, nº
13). Las personas homosexuales no deben ser discriminadas en sus derechos
ciudadanos. Pero las instituciones sociales deben ser tuteladas y promovidas
por las leyes. El matrimonio es una institución esencialmente heterosexual,
es decir que “no puede ser contraído más que por personas de diverso sexo: una
mujer y un varón. A dos personas del mismo sexo no les asiste ningún derecho
a contraer matrimonio entre ellas. El Estado, por su parte, no puede
reconocer este derecho inexistente, a no ser actuando de un modo arbitrario
que excede sus capacidades y que dañará, sin duda muy seriamente, el bien
común. Las razones que avalan estas proposiciones son de orden antropológico,
social y jurídico” (Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, En favor del verdadero matrimonio, nº 3). La medida propuesta tendrá consecuencias negativas que afectarán a
toda la sociedad. No se trata de reconocer un pretendido derecho a algunas
personas que en nada perjudicaría a los demás. “Si el Estado procede a dar
curso legal a un supuesto matrimonio entre personas del mismo sexo, la
institución matrimonial quedará seriamente afectada. Fabricar moneda falsa es
devaluar la moneda verdadera y poner en peligro todo el sistema económico. De
igual manera, equiparar las uniones homosexuales a los verdaderos
matrimonios, es introducir un peligroso factor de disolución de la
institución matrimonial y, con ella, del justo orden social”. “¿Será posible
seguir sosteniendo la verdad del matrimonio, y educando a los hijos de
acuerdo con ella, sin que padres y educadores vean conculcado su derecho a
hacerlo así por un nuevo sistema legal contrario a la razón? ¿No se acabará
tratando de imponer a todos por la pura fuerza de la ley una visión de las
cosas contraria a la verdad del matrimonio?” (En favor del verdadero matrimonio, nº 4 b y c). La adopción ha de mirar siempre al bien de los niños, no a supuestos
derechos de quienes los desean adoptar. Dos personas del mismo sexo, que
pretenden suplantar a un matrimonio, no constituyen un referente adecuado
para la adopción. “La figura del padre y de la madre es fundamental para la neta
identificación sexual de la persona. Ningún estudio ha puesto fehacientemente
en cuestión estas evidencias” (En favor del verdadero matrimonio, nº 4 a). Si esta legislación se llevara adelante, abandonaríamos la sabiduría
humana y jurídica de toda la Humanidad. “La historia universal lo confirma:
ninguna sociedad ha dado a las relaciones homosexuales el reconocimiento
jurídico de la institución matrimonial” (En favor del verdadero matrimonio, nº 4 b). |
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Nota del Comité
Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española |
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Madrid, 9 de junio de 2005 |
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La Conferencia Episcopal, a través de su Comité Ejecutivo, ha
manifestado en dos ocasiones su juicio claramente negativo sobre la
legislación que se prepara en este momento y que supondría una corrupción tal
del matrimonio en nuestras leyes, que esta institución vital e insustituible
para las personas y para la sociedad dejaría de ser la unión de un hombre y
de una mujer. Los obispos, en sus diócesis, han expuesto también la doctrina
católica a este respecto de modo nítido y reiterado. La sociedad, a través de diversas instancias, ha manifestado
igualmente su rechazo de una legislación tan injusta y contraria a la razón.
Entre las iniciativas sociales propuestas para la defensa de los derechos del
matrimonio, de la familia y de los niños, una organización civil ha convocado
a los ciudadanos a expresar su apoyo a estos derechos por medio de una
manifestación convocada para el día 18 de junio en Madrid bajo el lema de “La
familia sí importa”. |