EL CARÁCTER
Hay
amores que viven en nosotros
y por la
voz nos reconocen,
somos como
somos,
la forma
de ser que el corazón vierte.
El
que no tiene carácter es una piedra
con movimiento
de estatua ciega,
que nada
es y nada revela,
donde no
cabe la vida ni el sueño.
Porque
es necesario el temple firme
para hacer
frente a las desengaños,
el ardor
guerrero del sol
y el arranque
de la aurora sobre la noche,
levanto
mi voz con la grafía del mar.
El
mar en su bravura y mesura,
con la audacia
que mueve el aire sus brazos,
nos propone
ser jinetes de ojos abiertos
antes de
que la burla nos desfigure
la personalidad
con un cincel en el pecho.
Y
para siempre nos duela la carne del alma
por haber
sido corchos en una sociedad
que rubrica
sus derechos de propiedad
a su manera,
que no tiene porque ser la mía.
Hay
que dejar al hombre ser hombre,
que el hombre
sea amante de sí mismo,
que se cultive
en el hábito de quererse
para querer
y, así cautivo, liberarse de mundo,
de un mundo
de cosas que esclavizan.
Nos
hace falta sembrar energías puras
para recoger
esencias y coger los estribos del ser.
De
un ser reencontrado a su especie y a su modo.
Dejar,
pues, que el singular atributo de la letra,
con distintivo
de género humano, trace sus pasos.
Es
un buen signo de hacer camino,
cada cual
con los suyos y los suyos con los demás,
respetando
los andares de uno en uno, todos unidos.